¿Por qué tu abuelita está tan cómoda con “lo que le tocó hacer”?

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|Por Emely Arroyo|

Durante tu convivencia con tu abuelita pudiste notar que siempre quería limpiar la casa, lavar la ropa y hacer de comer. No te quedaba claro por qué tenía esos hábitos, pero te confundía que ella se apropiara de las labores del hogar a pesar de tú querer hacerlos sola. Un día conociste la más básica conceptualización de “sistema patriarcal” -entendiendo a esta como el sistema de organización social donde el varón es la máxima autoridad- y relacionaste su forma de vivir con la convivencia que tenía con su esposo y sus hijos. Te acordaste de que siempre les cocinaba, después les servía la comida en un plato limpio, llenaba vasos de agua o cualquier bebida con azúcar y se los llevaba hasta la mesa, donde ellos casi tronaban los dedos. 

Entonces entiendes que ella vivió en un ambiente donde a las mujeres se les valoraba solamente- a través del “quehacer” -como le dice abuelita Luz al trabajo del hogar. Tus ganas de hacerle ver que vale más que su productividad -en el hogar- se van al carajo porque ella disfruta y defiende la chamba que le tocó hacer desde chiquilla, la dignifica a pesar de que se le impuso y aunque para ti refleje un sistema de creencias basado en la dominación masculina. 

Luego llega un día donde tienes muchas revelaciones, te quiere explotar la mente por tanta cosa que se contradice y quieres cambiar, pero no puedes. Le dices a tu abuelita: “Es que no me gusta que me sirva el plato, no me gusta pensar que usted me sirve”, y ella te contesta: “Eso es lo que sé hacer, hija. No puedo cambiar porque así crecí y es lo único que hago a mis ochenta y ocho años”. Entonces encuentras paradojas muy complejas porque, por un lado, tú quieres que ella cambie y se valore a sí misma de otras formas más allá de su productividad en el hogar y, por otro, ella se siente importante cuando hace labores de ese tipo y hasta la hacen feliz.

Te enojas, te enojas, te enojas, te enojas. 

Lloras, lloras, lloras, lloras. 

Te duele, te duele, te duele, te duele. 

No entiendes, no entiendes, no entiendes, no entiendes. 

Te vas contra ella porque, según tú, no llega a comprender que la han hecho sumisa. Muy molesta, y casi culpándola, le dices: “¡Déjeme de servir el plato, por favor! ¡Ya no lave los trastes, por favor! ¡Ya no limpie siempre, por favor! ¿Por qué lo hace? ¡Ya no lo haga!” Y ella dice: “¡Solo así siento que sirvo! Si no hiciera esto ¿entonces qué haría?” Y vuelven a hacerse visibles las paradojas que han existido por siglos y siglos en este mundo caótico, el cual te ha enseñado que lo lógico es lo válido y lo único que debe respetarse es lo que no contiene contradicciones. 

Vuelves a sentir que te tiran todo tu pinche recorrido por el feminismo, que tus posturas políticas se hacen trizas si cedes ante una de sus atenciones o expresiones de amor -generadas por el patriarcado-, porque te vas a contradecir. Después se te humedecen las manos, sientes el cuerpo ardiendo, no sabes si está temblando o es tu cuerpo lleno de ansiedad, se te hincha la boca de tanto llorar y no entender:

¿POR QUÉ TU ABUELITA ESTÁ TAN CÓMODA CON “LO QUE LE TOCÓ HACER”? 

Después de unos días, ya que se te ve más calmada, se acerca nuevamente abuelita Luz y te dice: “¿Te sirvo de comer lo que hice ayer en la noche?” Tú, después de haber estado perturbada por la situación y no saber qué hacer, aceptas. Finalmente, entiendes que sus actos tienen carga ideológica, pero que el culpabilizarla o enojarte solo con ella (por no cambiar la forma en que ha vivido y se ha percibido a sí misma) es caer en la trampa del sistema, el cual invisibiliza las injusticias de vertiente estructural y las vuelve algo individual. Por fin, después de días de sentirte mal y no saber si estás haciendo lo correcto entiendes que debes dignificar su forma de expresar amor, aunque choque R O T U N D A M E N T E con la tuya.