La del 38

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|Por Carolina Rojas|

Ella sintió el rojo.

Estaba entrando por las altas ventanas sin cortinas, reflejándose en los espejos manchados de los tocadores y en la gota de sudor que se deslizaba por su sien. Cinco… seis… siete veces había pasado un pañuelo por su rostro, siete veces había tenido que retocarlo con aquel polvo perfumado. Sus labios, vibrantes como la sangre próxima a derramar, chocaban con su piel acalorada; carmesí sobre naranja, una combinación que se crea y destruye en llamas.

Ella se envolvió en rojo.

Fotografía por Anna Camarillo

Remolinos de tela la cautivaron como cautivan a los que tienen ojos salvajes. Su mirada estaba fijada en el encaje vibrante, en su intricado diseño; previo a ese día, había encontrado pequeños retazos en los establos y en las gradas del toreo, aumentando así su deseo por incluirlo en su vestuario actual.  Manos ajenas la tomaron por los hombros y, a pesar del breve revoltijo que ocasionó al ver que la señora Beatriz se acercaba con una gran peineta de metal, se mantuvieron firmes. El velo que cargaba en su otro brazo era negro.

––Quédate quieta.

La peineta atravesó su chignon y sus dientes rozaron con la parte alta de su cráneo. Una octava gota inició su trayectoria por su delgada nuca hasta el cuello alto de su vestido blanco, iluminando el brocado de escarlata tenue.

Ella vivió el rojo.

Lo vivió entre sus piernas minutos antes de que se abrieran las puertas y en sus pies encallados dentro de las zapatillas apretadas. Carmen intentó cubrir la mancha en su vestido con más tela, ajustándola a su cintura hasta que fue casi imposible respirar. El dolor en su vientre, exaltado por la presión de la tela, se estaba extendiendo a sus piernas y a su espalda. Ella y las otras mujeres del Grupo de Bellezas estaban a punto de salir, se podían escuchar los murmullos afuera y a los fotógrafos preparándose. Aprovechó esa distracción, los cuchicheos emocionados de sus compañeras, para regresar a los camerinos, lavar su rostro y deshacerse de ese horrendo vestuario. 

Fotografía por Anna Camarillo

Buscó algo para cubrirse, pero lo único que encontró fue un traje de luces empolvado en una de las repisas. Se puso la taleguilla y la camisa que, a pesar de que estuvieran un poco flojas, eran mucho más cómodas que aquel vestido. No podía dejar de admirar el detalle de la chaquetilla, sus pequeñas trenzas doradas entrelazadas con rosas blancas y las lentejuelas en los puños de las mangas. Pasó sus dedos por la tela satinada y, a pesar del aire sofocado, decidió ponérsela, al igual que la montera que se encontraba en un gancho cercano.

Mientras admiraba su figura en el espejo, entró un hombre con un gran escándalo y sin preguntas, la tomó del brazo y la guió por el pasillo oscuro. Pensó que la regañarían, que la iban a expulsar, no sólo del toreo, pero del Grupo también y ya podía ver la luz de afuera aproximándose cuando su compañero paró bruscamente y tomó unas banderillas que estaban recargadas sobre la pared.

––Tienes media hora, intenta no manchar el traje ––le dijo mientras las ponía en su mano y tomaba el capote de un perchero cercano.

Posó la tela sobre su hombro y con un empujón, ella se encontró a un público apasionado. Los rayos del sol la cegaron y la voz del presentador se perdía entre los cantos de los espectadores; apenas pudo identificar las banderitas de colores que decoraban sus alrededores, cuando escuchó un leve bramido a sus espaldas. Lejos de sí, pudo escuchar cómo le atribuían otro nombre y ella desapareció en los ojos del toro.