Retelling de La Sirenita

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|Por Ana Umaña|

Yo no di mi voz por querer estar con él. A mí me la quitaron para que no dijera que no quería.
Mi padre era el Tritón de Playas de Tijuana, el que movía el terreno y al que todos respetaban. Sin camisa y con una abundante barba blanca se paseaba por el malecón, sabiéndose rey.
No me permitía mucho interactuar con la gente, siempre fui a una escuela exclusiva para niñas, pero siempre soñaba con algún día conocer a un príncipe que me respetara y amara. Sin embargo, mi padre me recogía puntualmente en la puerta del colegio y me prohibía asistir a cualquier evento social, por lo que mi vida se resumió a dos puntos: educación y hogar.
Un día, mientras llegábamos a casa, me percaté de un carro estacionado bajo un árbol cercano, se lo comenté a mi padre, recordando que no era la primera vez que lo veía: mismo lugar, mismo hombre mirando por la ventana.
Yo no sé de deudas o negocios de mi padre, mucho menos de sus miedos. Solo sé que ese día fuimos con su amiga Úrsula al Registro Civil, me cambiaron nombre y fecha de nacimiento, desaparecieron mis documentos, mi identidad y mi voz.
Al día siguiente una camioneta negra pasaba a recogerme. Mi padre, vine a enterarme después, les dijo a todos que como adolescente rebelde me había fugado con un muchacho que conocí.
Mi cuerpo lo encontraron tirado en la arena, con un agujero en la garganta, castigo inevitable por haberme ofrendado al amor.