Altozano

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|Por Tania Escobar|

Tenía la ventana abierta para que entrara el aire fresco. El aroma del huele de noche le revolvía la tripa. Mientras se recargaba en la barra de la cocina, veía resignada borbotear el líquido de la olla. El sonido del agua caliente cayendo en la taza consiguió despertar sus sentidos, hay que aclarar que el café era el único desayuno que Rita se permitía los domingos antes de salir de casa. La mujer miró las letras impresas en la taza: ¡La mejor mamá del mundo! «Esa soy yo», pensó con la mirada perdida. Al escuchar el claxon del camión, suspiró resignada por su mala fortuna y se colocó un abrigo bien grande sobre todas las capas de ropa. El café se quedó en la barra de la cocina mientras ella salía rumbo a Altozano.

El día anterior la visitó doña Maricruz. Nada más llegar empezó con sus intentos de persuasión:

—Usted ya está grande, Rita, no puede seguir así. Le duelen sus rodillas por tanto andar trabajando en su restaurancito, mantiene sola esta casa y para colmo no deja ir a sus muchachos.

—No me queda otra opción, que no ve que todos mis hijos están en lo alto de la colina de Altozano, tengo que ir a visitarlos. No hay nadie más que vele por ellos. Sólo estoy yo. Y qué no soy yo su madre, salieron de mí los cuatro. Son mi responsabilidad y nadie me la va a perdonar hasta que me muera. ¡Cuánto frío se sufre en Altozano, mis pobres muchachos, allá solitos los cuatro!—se compadeció.

—Mi consejo es que siga con su vida. Con el dinero que gasta en ir, ya se hubiera hecho unos ahorritos—esperó respuesta, se impacientó y siguió—. Mi hija también se obsesionó cuando perdió a su bebecita. ¿Se acuerda, Rita? Le diste un mueblecito como el tuyo, para que pusiera todas las fotos de la niña, además de todas sus ropitas. Así, igualito al tuyo, hasta del mismo color. Este mueblecito que tienes lleno de fotos de tus hijos, de sus viejos juguetes y de veladoras para rezar por sus almas, es igualito al de mi hija Mónica. Ayer lloró mucho por bebesita que perdió, nunca la bautizamos––. Le tomó mucho tiempo continuar––. Es como una condena que tienen las dos, una condena de la cual no pueden escapar porque son necias, muy necias. Tan necia como sólo puede ser una madre.

—Es que, doña Maricruz, usted no me entiende. Ándele, cómase el mole antes de que se enfríe y deje de estar regañando a una vieja terca como yo— le acercó el plato como ofrenda de día de muertos.

El transporte que los llevaba a Altozano nunca faltaba a su cita, siempre puntual (incluso antes que el camión de la basura). «Llueva o truene este pinche camión siempre me va a llevar con mis muchachos». A veces Rita deseaba que se ausentara para poder dormir y recibir el sol junto con las campanadas de la primera misa. La realidad era que a ella le tocaba estar empapada del sereno, por culpa del cual su resfriado nunca se curaba del todo. Era la última en subirse, también la primera en bajar. Algunos pasajeros la recibieron con ronquidos y otros con un intento de saludo que terminó en bostezo. Eran todos los que no podían dejar ir a sus seres queridos, sintió pena por ellos y por ella misma: «Rita, hasta cuándo…», se dijo.

Los asientos olían más que nada a café y tristeza. Pero, aquella mañana un aroma distinto la recibió, Rita no pudo dejar de darse cuenta del cambio, pues modificaba los domingos tediosos y repetitivos en los que ella parecía vivir en un ciclo interminable. Una nube colorida de pétalos en las manos arrugadas de Josefa, despedía aquel efluvio inconfundible a adioses y llantos. Rita y Josefa se conocieron camino a la colina en Altozano, enseguida se hicieron amigas por su devota insistencia de ir cada domingo. Ninguna le temía al frío ni a las desveladas, aunque Rita ocultara a Josefa que ya estaba muy cansada de aquel viaje dominical.

—Hoy es el cumpleaños de Mauricio, mira lo que le llevo.

—Josefa, hace quince días también le llevó unas flores igual de coloridas. Aunque aquella vez no las pude oler por mi resfriado, que nada más no se me quita—aprovechó para sonarse.

—Sí, se las llevé a mi hijo porque era Domingo de Resurrección.

—Eso fue hace varios meses, hoy estamos a 2 de noviembre, Josefa.

—Tú qué sabes. Voy contando los días con la mente, que es lo mejor que tiene una que no usa agendas. Hoy es cumpleaños de mi Mauricio y le van a encantar estas flores, vas a ver. También le traigo dulces y comida que le preparó su hermana la más chica—le mostró todas las cosas que había juntado dentro de una bolsa de lona: pan de muerto, guisos, dulces de calaverita y sal para aderezar la comida.

—Viene muy cargada, Josefa, no se da cuenta que es un desperdicio y que su muchacho nunca lo podrá probar.

—Tú te sientes culpable porque no les traes nada a tus hijos.

Josefa a veces se ponía así, despistada y terca. Entonces Rita temía que las hijas de Josefa ya no la dejaran hacer ese viaje agotador, rumbo a los recuerdos donde sus hijos eran unos niños bajo la protección materna. Empezó a ver por la ventana las luces altas de los coches, la niebla aún no se desvanecía y el camino no existía. Mientras unos roncaban y otros disfrutaban de los burritos de huevo que preparó don Julián, Rita deseaba que el camión se descompusiera y ella pudiera dormir un rato. Nunca se podía echar una siesta por el traqueteo del camino. El sol empezaba a asomar, pero no calentaba las rocas. Los cerros se iban quedando atrás, cerros que siempre veían su procesión, como si fuera un viaje que se daba desde el principio de los tiempos.

—Mire, Josefa, qué brillante la nieve en la punta de los cerros, abríguese bien— la viejecita estaba dormida con la boca abierta, se veía muy bonita, como si la hubieran arreglado para su velorio. Rita se santiguó y deseo que Josefa le durara muchos años más, porque no podría hacer ese viaje de cada domingo sola. Estaba tan agotada de esa penitencia.

Llegaron a su destino, donde el frío amenazaba con quemarles la piel. Bajaron uno a uno, silenciosos; como aún era temprano se refugiaron en los puestos de fuera hasta que les permitieran el ingreso. Rita compró un champurrado a Josefa y otro para ella; le dolía la panza y quería ir al sanitario: «En cuanto entre iré, aunque los baños huelen re-feo, como a muerto». El bullicio de los visitantes empezó a aumentar conforme el sol los alcanzaba. Los pájaros también despertaron y el sonido del portón le indicó que era hora. Hicieron una fila ordenada. La mayoría de los guardias ya los conocía, así que el ingreso era rápido y eficiente. Allí en lo alto de la colina en Altozano siempre hacía mucho frío, Rita se limpió los mocos con el guante y sacó su cartera.

La espalda encorvada de Josefa era su punto de reflexión, cuando menos se diera cuenta sería ella tan anciana, que apenas podría caminar por las bajas temperaturas, tendría la bolsa llena de medicinas para sus dolencias y sólo viviría para una imagen de lo que nunca fue y nunca sería. Se preguntaba si no era mejor hacerle caso a doña Maricruz, ya eran muchos años, se estaba haciendo cada vez más vieja, ¿cuándo iba a vivir su vida? Nunca se volvió a casar para no faltar a sus muchachos, ni siquiera se podía vestir los domingos con la ropa que le gustaba.

Siguió su turno. En el bote de basura, asomándose bien cínicas, había varias cabezas decapitadas de calaveras de azúcar. Josefa iba llorando desconsolada reclamando que le hubieran tirado el almuerzo de su Mauricio. Dio el nombre de sus hijos al guardia, mientras pasaban sus cosas por la máquina infernal. Antes de recuperar sus pertenencias, en una habitación privada Toña le pasó las manos por todo el cuerpo desnudo. Tuvo una revelación antes de poder entrar a ver a sus cuatro hijos: Hasta su muerte, ella seguiría yendo cada domingo de visita al Penal de Alta Seguridad Altozano.

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