Fragmento del capítulo I de la novela: Eunice

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|Por Nayeli Miranda|

Hola, hoy por el día internacional de las abuelas les compartimos una nueva entrada.

Nota de la autora: Mi abuela es mi gran pilar, mi modelo a seguir. Antes de su partida, empecé a escribir una novela sobre su vida. El primer capítulo se lo di como último regalo el día de su velorio. Les comparto un pedazo de lo que fue mi abuela .

Eran alrededor de las dos de la tarde y solo faltaba que llegaran los cuates Guillermo y Pablo, para que la abuela llamará a la mesa para comer. Esperando, miraba por la ventana a mi madre que estaba afuera cuidando a mis hermanos más pequeños mientras corrían de un lado de la acera a otro. Les gritaba con esa sensibilidad confusa entre autoridad y amor profundo que tan bien conocía. Hubo un tiempo que se dirigía así hacia mí. Recuerdo que no había mañana en la cual no escuchara sus gritos obligándome a levantarme para ir a la escuela. No importaba que tan atareada estuviera, ni cuantas personas había en la tienda, nunca olvidaría hacerlo. Pero desde que se fue el único eco que retumbaba por la mañana en mi cuarto era el producido por los resortes alborotados de la cama al levantarme con apresuro.

Desde que mi madre partió de El Valle procuraba regresar los fines de semana. A dar las seis de la tarde del viernes, la hora aproximada de su llegada si se ponía en camino al terminar la jornada laboral, yo me sentaba en la banqueta enfrente de la casa esperándola, hasta que daba la media noche. Así, todos los días del fin de semana, aunque a veces pasaba las últimas horas del domingo y no llegaba. Sin embargo, poco a poco le fui restando importancia, y mi espera se iba recortando e inclusive desaparecía. Empecé a desligarme del lazo que me unía a mi madre.

Su visita tenía doble cometido. Por un lado, se aseguraba que sus hijos mayores, entre ellos yo, estuvieran bien, aunque irónicamente se encontraba tan ocupada cuidando a los más chicos que nosotros realizábamos nuestra vida normal sin notar su presencia y solo éramos conscientes de esta cuando pasaba por la puerta y pedía un abrazo. Como segunda razón, le entregaba el dinero de la semana a la abuela Guillermina. A pesar que su breve estancia me alegraba, cada vez que veía a mi madre dando su dinero me sumergía en remordimiento, y más cuando don Francisco, mi padrastro, sacaba la cartera y ponía la mitad de la manutención, a veces mucho más de lo que debería darnos.

Por más que intentará no comprendía la situación. Si me dejaron a cargo de mi abuela para poder cuidar a los otros cinco niños más pequeños, ¿qué caso tenía que regresaran y aparentaran que todavía estaba bajo su custodia? Entendía que ese dinero ayudaba a el sustento de los cuates, de tan solo 15 años, pero no entendía porque tenía que estar recibiendo dinero de ellos cuando debería estar trabajando para pagar por mi propia existencia. Mucho menos comprendía porque permitía que un ajeno se responsabilizará de mí. Mi madre no veía que ella misma estaba incumpliendo lo que una vez mi padre pidió para sus hijas: “Fabiana, no quiero que estas niñas mantengan o sean mantenidas por un hombre, no me importa si quiera que sean prostitutas, pero ellas deben valerse por sí mismas.” Pero aquí estaba, en mi mayoría de edad dejando que las inclinaciones de mi madre me influenciarán a desobedecer a mi padre.

Sabía que si les contaba mis inquietudes me hubieran ayudado a establecerme. Me darían un espacio en el negocio familiar, que mi padre había fundado. Tal vez me hubieran puesto a trabajar en el campo o atendiendo algunas de las tiendas. Pero claro, no lo aceptaría, eso significaba seguir sostenida a la protección familiar de la cual necesitaba alejarme. Ya lo había intentado una vez. Subí el camión hacia Ensenada, dispuesta a estudiar Ciencias Marinas, pero me detuve. Posiblemente haya hecho lo correcto, sabía que la ciencia no sería mi vida, sin embargo, era mi oportunidad.

Desde donde estaba escuché la puerta abrirse. Eran los cuates, por lo que mi abuela llamó a comer. Tras el cristal de la ventana observé la manera en que mi mamá reunía a los niños. Yo me quede allí, viendo, como me había quedado en esa casa sin saber qué hacer.

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