La Rosa

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|Por Gisell Martínez|

Nota: el siguiente cuento está basado en la novela “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry

-¿Me lo repites?

-¿Qué cosa?

– ¿Quién eres?

– La Rosa.

Conocía la historia y conocía el personaje frente a mí, pero había sido hace mucho, mucho tiempo. Cuando ayudé a un amigo a encontrar a otro amigo o más bien a un conocido que después también se volvió un amigo. En ese tiempo yo tenía  hasta un calendario para saber que hacer, que comer y cuando jugar, sólo que la curiosidad de que había pasado con el amigo de mi amigo había sido más grande y había terminado buscando al Principito, pero en lugar de El Principito encontré al señor Príncipe, pero luego volvió a hacer El Principito y se suponía que había vuelto con su rosa o lo que quedaba de ella, pero ahora su rosa se presentaba frente a mí  con la forma de una niña peli roja.

-¿Rosa?

-Sí, la Rosa del Principito, ¿podrías ayudarme a buscarlo?

Me preguntaba la niña, ahora, después de todo y nada. Cuando el tiempo pasó y los días se veían borrosos a ese breve momento donde fui piloto y ayudé a El Principito a volver a su planeta se veían más lejanos, casi como un sueño. Al punto de olvidar y hacerme a la idea de que nunca pasó. Pero ahora las memorias volvían una tras otra y se hacían representar en el pequeño cuerpo frente de mí. Mi vecino, mi plan de vida, El Principito, el zorro, los planetas. Hasta ahora sólo los recordaba como personajes de libros que había escrito, pensando en ese entonces que fueron productos de mi imaginación y dándome cuenta hasta ahora que fueron sucesos que en realidad pasaron, plasmados en tinta para no olvidar.

Sólo que sí lo hice.

-El Principito volvió, hace mucho tiempo a su planeta. Tú no estabas…

-Si estaba, sólo que de otra forma.

-De esa forma él no te veía.

-Es normal, no me veía. No quería que me viera.

La miré sin entender y mis cejas se arrugaron.

-Entonces, ¿Por qué preguntas por él?

-Porque ya estoy lista para que me vea.

-Eso es extraño.

-Es algo egoísta, lo sé. A veces así es.

-¿Así es, qué? ¿El Principito?

-No, el amor. Él se fue de la nada dejándome sola y cuando él volvió yo no estaba presente, al menos no en su totalidad.

-Ambos fueron egoístas.

-Es que ninguno sabía amar. Necesitábamos tiempo para aprender amar y nos lastimarnos en el proceso.

-Pero si se lastimaron…

-Eso es lo que nadie nos dijo, que eso era parte del proceso para aprender amar.

         La miré sin saber que decir ni que hacer.

 -No sé dónde está, hace mucho que no lo veo. La verdad, creí que estaría contigo.

Ella me miró, alisó su rosado vestido y se sentó recargada en el árbol de mi jardín.

-Está bien, entonces lo esperare.

La mire sin entender

– ¿Estás segura?

– Sí.

– Pero no sabes cuándo volverá ni si volverá aquí. Ni siquiera sabes si te está buscando o esperando.

– Lo está.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque yo era especial para él por el tiempo que me dedicó y él era mi Príncipe por como lo amé, inexpertamente. Pero constante, sin saber que lo estaba amando al momento en que lo hacía.

Definitivamente ella y El Principito venían del mismo mundo, uno donde el tiempo no pasa y los rencores no existen. Uno donde amas sin saber que lo estás haciendo.

-¿Cómo sabes que El Principito volverá aquí?

-Porque tú tienes a su zorro.

Lo tenía. Guardado junto con los recuerdos de mi infancia en un baúl en mi armario, como el baúl en mi memoria.

-Entonces, ¿esperarás?

-Esperaré.

-¿Cuánto?

-El tiempo que sea necesario.

-¿Cuánto es eso?

-No lo sé, tal vez lo mismo que tarde para llegar aquí o el tiempo que tarde aprendiendo a amar o solo cinco minutos. El tiempo es diferente dependiendo las cosas que queramos.

-¿Te puedo acompañar?

-¿Lo esperarás junto conmigo?

-Claro, también es mi amigo.

-¿Cuánto tiempo crees que tarde?

-Tal vez… El tiempo que tardo en saber que te amaba.

-¿Y eso fue mucho?

-Créeme, eso fue nada.

-Oh… y mientras pasa la nada, ¿me podrías dar agua?

-¿Para beber?

-Para no marchitarme, quiero verme linda cuando llegue él.

-Te verás linda para él, te lo aseguro.

-¿Por qué estas tan segura?

-Porque lo esencial es invisible a los ojos.

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