Diario de una exploración abortista

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|Por Alondra García|

Hace un año me propuse una meta: explorar en trabajo de campo y hacer un ejercicio antropológico con la comunidad de mujeres que compartía el haber tenido un aborto, un tema taboo e intimidante aún para entrar en la discusión pública – académica. Los primeros avances que planee eran sencillos, navegar en ese amorfo y desconocido mar de experiencias privadas, y entonces partir desde donde esas voces se posicionan, desde sus realidades divergentes y marginadas, escuchar lo que comparten, lo que pueden enseñarnos a todes…

Ha sido hasta este punto donde he aprendido las cosas que tengo que criticarle al proceso epistémico, ahí donde continúa dándole una posición privilegiada al investigador social; 1) los planteamientos, la justificación validan el curso general de una investigación, chocan conmigo cuando la agenda abortista no va de la mano con la agenda academicista, 2) la evaluación es en base a los aportes de estudiar a tal o cual fenómeno social, chocan conmigo cuando no se le encuentra una utilidad a darle luz a unas realidades sobre otras, porque nunca va a ser importante generar conocimiento para con las mujeres, 3) el punto de partida consiste en paradigmas obsoletos basados en constructos culturales misóginos, coloniales, extractivistas y capitalistas, choca conmigo cuando el ojo, la visión de la debería partir me lleva a tener una visión negativa de las mujeres a las que escucho, con las que trabajo.

A rasgos generales me aparta de estar en un lugar de empatía y solidaridad con mis compañeras. Mi investigación se enfrenta a la privación que existe para las mujeres dentro del terreno del saber, hacia la autorepresentatividad (romper con los roles tradicionales que se le asignan a la mujer), y la autorreferencialidad (la capacidad de las mujeres de referirse a ella mismas en sus propios términos).

De manera inversa mi posicionamiento feminista me acompaña y compensa los pasos por el camino epistémico con sus herramientas siempre emancipatorias; la inclusión a la divergencia, la interseccionalidad, la resiliencia, la ternura radical y la sororidad. 

Estaré siempre agradecida con todas las hermanas que me permitieron entrar en sus vivencias corporales y cuando también emocionales. Con ello me trazaron un gran camino de claroscuros que me ha enseñado bastante sobre cómo las violencias que vive cada una de nosotras pueden complejizarse y nos permiten entender que si bien estamos en pie de lucha las unas con las otras, solamente lo estamos cuando cada una parte y se encuentra desde su propia unicidad.

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